27 junio 2016

Elecciones generales



William R. Somerset: No creo que pueda seguir viviendo en un lugar que abraza y fomenta la apatía como si fuera una virtud.
David Mills: No eres distinto ni mejor.Somerset: No dije que lo fuera. No lo soy.

(…)
Somerset: La apatía es una solución. Es más fácil perderte en las drogas que lidiar con la vida. Es más fácil robar lo que quieres que ganártelo. Es más fácil pegarle a un niño que criarlo. El amor cuesta, requiere trabajo.
Mills: Estamos hablando de enfermos mentales, de locos de atar.
Somerset: No, estamos hablando de la vida cotidiana… No puedes darte el lujo de ser tan ingenuo.
(Diálogo extraído de "Se7en")
 
10.435.955 de ciudadanos no fueron a votar ayer. De hecho, más de un millón de esos irresponsables no lo hicieron habiendo acudido a las urnas el pasado mes de diciembre. Me cuenta uno de ellos, al que considero buena persona, que es un derecho. Derecho a abstenerse, a no votar, a no dar sentido a la esencia de la democracia, en donde la soberanía reside en el pueblo y en donde queda reflejada, bajo la representación parlamentaria, el tipo de política, el tipo de gobierno que va a tener el país en los próximos cuatros años.

Un derecho, sí. Pero también una gran responsabilidad. Y el que lo hace debe asumir esas consecuencias. Como aquellos ingleses (remarco ingleses y no británicos) que prefirieron quedarse en casa viendo 'Britan's got talent' en vez de ir a votar el pasado jueves en el referéndum que les uniría o apartaría de Europa. Creo que todos sabemos ya cual ha sido el resultado. Y cual podría haber sido de haber tomado partido, con responsabilidad y conocimiento, en una decisión como ésta. Al igual que ayer en las Elecciones Generales.

Los resultados son la evidencia de una sociedad cobarde y derrotada. Cobarde por miedo al cambio y derrotada por asumir que lo malo conocido podrá dar la ingenua estabilidad para formar legislatura. O ni eso, qué más da que avance o no. Se trata de que funcione, como sea. Tampoco las principales alternativas tenían un crédito merecido después de seis meses de parálisis institucional al no haber conseguido un acuerdo de gobierno. Aún así, al menos había que votar. Esforzarse en observar, analizar lo que decían y proponían los candidatos, pensar, comparar, participar, ilusionarse, incluso, por ser partícipe de la construcción de un futuro mejor.

Pero millones de ciudadanos prefirieron la apatía. En su ingenuidad, pretenden que la política de un país funcione en modo automático. Luego están aquellos sectarios que, vista la unión entre Podemos e IU decidieron castigar esta alta traición al puño en alto. Sin las miras necesarias para entender que de lo que se trata aquí es de formar un Gobierno para todos, no sólo para los que te votan, y siempre en aras a conseguir una sociedad, al menos, un poco más justa. Dignificar la democracia. Por eso muchos de estos castigadores y de los apáticos pecaron por desconocimiento, ya que no han vivido una dictadura. Ni tan siguiera, otros, se habrán parado a pensar cómo de diferente sería su vida ahora en una sociedad donde se persiguiera la democracia. El ahogo constante, el dolor cotidiano y la nulidad ideológica como estado vital. La política, y no la abstención, sí es un derecho que debe hacer partícipe a las personas para dejar de ser "masa" y convertirse en ciudadanos adultos para que sean ellos quienes decidan qué tipo de sociedad quieren, aunque sea con elecciones que den representantes. Y a éstos, sí, se les debe exigir, después, talla moral, conocimientos y responsabilidad para la toma de decisiones.

El resultado, por otro lado, no da pie a muchas esperanzas. Los partidos emergentes sucumbieron por igual al mal llamado 'voto útil' y a las dudas y miedos que han generado sus discursos 'alternativos' a las formas y fondos de los dos partidos hegemónicos que apenas pueden aportar unas cuantas líneas a su programa pero que, en cambio, llenan todas las plazas y pabellones con sus discursos atrincherado y sensacionalista. También se notó un voto de castigo por no haber llegado a un acuerdo en la pasada y breve legislatura. En esto todos tienen su grado de responsabilidad. Por desgracia, en situaciones así, se cumplen los pronósticos: repetir elecciones fomenta el bipartidismo. 

Unidos Podemos ni suma ni resta escaños. Leo los titulares y veo sus caras: fracaso. ¿Fracaso? Hace dos años no existían y ahora tienen 71 escaños. La voz de los que rodeaban el Congreso ahora tienen representación en el Parlamento y se lamentan de no haber podido adelantar al PEOR PSOE de la historia de la Democracia. Los socialistas salieron a dar la cara tras su peor resultado con gritos de "Presidente, presidente", al igual que cuando salió Albert Rivera, de Ciudadanos. Igual no saben contar escaños o, simplemente, prefieren huir de la necesaria y honesta autocrítica para dar una falsa imagen de triunfalismo. Esta sociedad no perdona la derrota. A la mínima ya te tildan de fracaso, o fracasado, como un paria obligado a vivir desterrado sin darse cuenta de que, y en eso los anglosajones nos llevan un poco de ventaja, una derrota, un mal resultado, no es el fin, sino un oportunidad para aprender de los fallos y conseguir superarse. El amor cuesta, como decía el detective William R. Somerset.

Rivera monopolizó la presencia mediática de Ciudadanos y, pese a un discurso lleno de buenas voluntades de regeneración, pecó de entrar al trapo en la estrategia del "y tú más" en algunos debates, para poder arañar a posibles votantes desencantados del PP, alejándose así del fantasma de la tibieza que espanta a los supporters de los grandes partidos. Esto es algo que se va viendo también en la sociedad. La polarización y el griterío como "forma" de entendimiento (confrontación). Desde la política hasta el deporte o la vida de los famosos. Las formas no ganan votos en esta Democracia, ni el entendimiento ni la mesura. Ni, sobre todo, las ganas de unir a unos ciudadanos hastiados y alimentados con ese hooliganismo que poco a poco se va instalando en el ADN de esos votantes. Podemos pecó, además, de la ingenuidad del novato que se siente crecido y allí están los ejemplos (en el Congreso, en la comunidad de Madrid) de querer surfear más arriba y más lejos de lo que su propia ola le podía llevar. Ciudadanos, a pesar de lo que dijera Rivera hace años ("somos un partido de centro-izquierda") se ha ido dejándose coquetear con una legión de fans bastante sospechosos que lejos están del contenido de ese entrecomillado. 

Todos estos síntomas de apatía, desunión y contradicciones ha alimentado la victoria de un Partido Popular que vive en su propia autarquía electoral gracias a sus fieles votantes, incluso de aquellos despechados de la otra vez que han vuelto al hogar con 14 escaños más. Ni los recortes en educación y sanidad, ni los numerosos escándalos de corrupción (en la Comunidad Valenciana ha vuelto a recuperar dos escaños, en Granada -con su alcalde imputado por graves delitos de corrupción- obtuvo 5000 votos más, etc), ni las escuchas recientes de Fernández Díaz conspirando contra nacionalistas en Cataluña, ni el patetismo de Rajoy (todo él, desde su manera de caminar y hablar hasta su discurso hueco y forzado), ni el cinismo de sus representantes y portavoces en el Congreso, el desprecio constante a los partidos emergentes y a sus votantes, la arrogancia de sus dirigentes autonómicos, las condecoraciones a vírgenes... Pese a todo ello y a sus raíces de clasismo rancio bien vestido y maquillado, su mojigatería y desprecio absoluto a los trabajadores, autónomos y pequeña/mediana empresa, nada, absolutamente nada ha hecho cambiar de opinión a unos votantes miedosos ante el coco del "populismo" y apáticos ante la corrupción. 

Al final y al cabo han demostrado que ésta ha sido la mejor solución.