14 agosto 2014

Casas


Al igual que a Nanni Moretti, me gusta perderme por barrios de mi ciudad y ver casas. Lo mismo me sucede en otras ciudades. Me gusta caminar y fijarme en los diferentes edificios que hacen a un barrio diferente del otro. Incluso los diferentes tipos de casas en la misma calle. Para eso Praga es una maravilla. Puedes estar días y días disfrutando de casas diferentes, con su particular colorido y personalidad, según la zona en la que estés. Y no sólo me gusta ver casas a nivel del suelo, también desde lo alto de un edficio, con el horizonte de fondo. Disfrutar de los matices y la variedad de los tejados, los áticos, algunos con piscinas, otros con rótulos de anuncios, terrazas, plantas, máquinas de ventilación, chimeneas, tejas y cornisas...

Otro detalle que me gusta es pasar por casas en las que alguna vez he estado, bien porque vive algún amigo, he grabado algo, o simplemente estaba la consulta de un médico al que un día fui. También me gusta pasar por casas y calles en las que alguna vez vi un piso para alquilar. Pienso en cómo sería mi vida allí si hubiera dicho que sí, que me quedaba con ese zulo sin apenas luz, o en esa triste casa con los muebles más viejos del mundo. O aquella con esa esas vistas tan buenas pero que me la quitó alguien más rápido que yo al decidirse. Y los pisos, y las casas siguen ahí con sus obras, en algunos casos, ya terminadas. Con gente viviendo entre sus paredes, acumulando recuerdos y olores y sabores en sus diminutas cocinas. En cambio, tiendo a evitar pasar por pisos en los que viví. Es como si pasara por delante de un escenario fantasmal, donde siento que todavía estoy allí, subiendo y bajando escaleras, mirando por esas ventanas, durmiendo en aquellas camas. 

Bueno, hay una excepción, y es la casa donde crecí y viví hasta los 14 años, por la plaza de las Salesas. Siempre busco una excusa para pasar por delante de ella y, en mi absurdo y particular ritual, tengo que tocar alguna de sus paredes. Entonces, aunque sepa que por dentro fue destruída por completo y vuelta a reconstruir, siento algo de calor en esa fachada. Algo que me conecta con ese eficio sin aparente vida, ese conjunto de hormigón, tuberías, cables y ventanas. Y me traslado a esa buhardilla en la que me quedaba mirando el cielo azul desde sus ventanas en el techo, agarrado a una barandilla inestable de metal, que sostenían las escaleras de madera con las que subía y bajaba de dos en dos sus viejos escalones.

01 agosto 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 4 (y último)

BREVE TELEGRAMA DESDE AEROPUERTO HELSINKI - VANTAA

Desayuno en el hotel. Compra post tailandés express. Mucha canela. No sé cómo se llaman.Vuoksen piirakka es uno de ellos. Buenísimo. Me acicalo y preparo maleta. Check out. Dejo maletas en habitación y, cómo no, salgo a dar una vuelta. Tranvía 8 a final de línea por mi zona. Me hace compañía un homeless. Final de recorrido: Salmisaari. Todo desértico. Edificios y carretera en construcción. La nada. Aquí termina Helsinki. Veo párking de ferries a Estonia y Rusia. Inmensa explanada. Llego a inicio de Tranvía 9, junto a entrada del puerto de esos barcos. Subo. Parada otra vez en Hakaniemi. Sí, hay un mercado de frutas. En parada de tram casi me alcanza una lata de cocacola que vuela del techo. Tranvía 1, a tomar por culo me voy. Al norte. Última parada, muy lejana: Pohjolanaukio. Sigo más al norte caminando por Pohjolankatu. Mitad de calle con bloques feísimos. En la acera de enfrente, mansiones llenas de árboles y belleza. Hay otros mundos, pero todos están aquí. Vuelvo atrás a zona peculiar y bastante curiosa, justo unas paradas antes de la última del tranvía: la misma calle de antes pero por la zona de Käpylä. Avenida con casas de madera, de diferentes colores cada una de estas casas. Todo rodeado de naturaleza y vida tranquila. En una de las casas hay una moto aparcada en la entrada. No hay puertas. No hay cámaras de seguridad ni alambradas.
No se necesitan.
Me quedaría a vivir en esta calle, sin duda.
Encuentro con equipo de rodaje que graban al tranvía. Una cámara, dos eléctricos y equipo de iluminación básico. Da indicaciones al tranvía. Con pasajeros dentro. Llueve un poco. Vuelta al centro. Último paseo y metro dirección hotel. Antes voy a NYC Burger y encargo una bien hecha. Todo muy bueno, excepto unos nachos que, de manera surrealista, pedí como acompañantes a los que puse diferentes salsas que hacen que arda mi boca. Todo controlado. Salgo y graniza. Recojo maletas y otra vez metro a Estación Central. Autobús de Finnair al Aeropuerto. Conductor a punto de cerrar y llego corriendo. En viaje, tengo gordo con piernas abiertas a mi lado y a un señor tratando, inútilmente, de tranquilizar a su hijo pequeño cantándole en inglés. Así media hora de viaje.
Control de seguridad más rápido de mi vida. Policías amables que te recuerdan que debes quitarte el cinturón y que no debes portar líquidos. Sonríen sin parecer falsos. Esto es otro ritmo. Ya estoy dentro. Aeropuerto muy estrecho, caos en algunas puertas donde se mezclan la gente que llega con la que se va. Los orientales dando gritos por los pasillos. Hago tiempo viendo tiendas con los típicos souvenirs de Finlandia y demás contenido habitual de Duty Free Shops.
Mientras veo cómo revisan, cargan y descargan mi avión de Finnair, detrás de un gran ventanal, escribo las últimas líneas de despedida de este breve exilio en Helsinki. No son suficientes nunca unos pocos días de exilio. Al fondo, varios aviones hacen cola para despegar entre las nubes que aseguran algo de lluvia. En breve de nuevo en el escenario habitual, Madrid.
Kiitos oikein paljon. Näkemiin Helsinki!

Más fotos de este exilio en Helsinki, aquí