30 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 3

Un día tranquilo.

Después de comprar el desayuno en otro súper cerca del hotel, cojo un tranvía y vuelta al centro. Esta vez hasta la parada de la Opera de Helsinki. Al otro lado de la calle se encuentra el Estadio Olímpico, pago tres euros y subo hasta la última planta de la torre desde donde se divisa toda la ciudad. Esa parte es bastante estrecha, imagino el caos en hora punta. Bueno, no. En este país no me imagino la palabra caos. Hay una bonita panorámica de la ciudad, rodeada del verde de los bosques y con una apariencia bastante uniforme. Mientras espero el ascensor, hay una pequeña sala con fotos de hitos sucedidos en este estadio. Desde un concierto de los Rolling Stones hasta un córrner lanzado por Jari Litmanen. Lástima que hayan elegido una foto del mejor jugador de fútbol finlandés de todos los tiempos en la que sale DE ESPALDAS. Abajo me encuentro una manada de jubilados que están entrando para subir a la torre. De buena me he librado. Salgo y camino hacia el estadio de fútbol principal de la ciudad, Sonera Stadium, donde un grupo de trabajadores están preparando un equipo de iluminación en una de las gradas.

Cojo un tranvía, el 10, que me lleva a otra punta de la ciudad más hacia el noroeste. En Pikku Huopalahti no hay atracciones turísticas. No hay turistas. No hay apenas nadie por la calle. Es un barrio de casas bajas pero con diseños muy curiosos. ¿Qué coño hago aquí? Me gusta la sensación de estar aquí. Sólo eso. No creo que pueda sentir algo parecido en mi barrio de Madrid. Dudo mucho que sienta algo similar estando en Benidorm, Gandía o Torremolinos. Por eso vine aquí. Doy un paseo por la zona, saco fotos, apenas me cruzo con gente. La contaminación es una fantasía en esta parte de la ciudad y, en general, por toda la ciudad. Bajo de nuevo hasta Opera y cojo otro tranvia que me leva a una pequeña playa al oeste, y me encuentro con un escenario diferente al anterior. Barrio de Munkkiniemi, chalets, bonitas vistas al mar, residencia de embajadores, estamos casi en la montaña. Una señora se baja del tranvía con una silla plegable y va a la playa donde sólo hay unas pocas personas. A esto le llaman calidad de vida.

Vine a Helsinki a andar, coger tranvías que me lleven lejos del centro, observar a la gente y sentir que estoy AQUÍ y no allí. Lejanía y soledad. Y de paso visitar algún museo. El de fotografía al lado del hotel que tenía pensado ir hoy no puede ser. A última hora me entero de que cierran en julio. Paska.

Pero sí que entro en el museo de arte contemporáneo Kiasma, que quiere decir "Juntos", y en donde también aproveché para comer. Dentro del museo hay obras muy interesantes, como un recopilatorio de artistas que han expuesto en este centro durante estos últimos años. Me encantan las instalaciones de Jacob Dahlgre, por ejemplo, su"Maravilloso mundo de la abstracción" en el que te puedes meter literalmente dentro de su obra, o los videos de Hannu Karjalainen, "El hombre de la camisa azul" y "Mujer con pelo oscuro" o el de Brad Downey, "This is how we roll". Aunque lo mejor de todo fue la exposición del artista chileno Alfredo Jaar, activista critico y comprometido, original y cuya obra tiene bastantes referencias "pop" actuales, incisivo contra los medios y la política de Occidente (sobre todo la norteamericana) de los últimos cuarenta años. Una de sus obras, además, te la podías llevar a casa: Un bloque de láminas - posters en los que aparece la frase "You Do Not Take a Photograph. You Make It".

Al terminar vuelvo a Esplanadi a ver quién toca a las 16:00, pero aburre un poco. Jazz estilo "música ambiental en directo" en el bar del hotel o el crucero de turno. Me quedo con un grupete que en un banco han traído un poco del universo del Treme de Nueva Orleans a este parque. Intento entrar más tarde en la Capilla del silencio, de la que tanto y tan bien había oído hablar antes de venir. Un rincón para el silencio en un vértice del bullicio de Kamppi, decían. No sé por qué pensé que no tenía ningún matiz religioso ese lugar, pero cuando veo en la entrada a un hombre de negro y alzacuellos blanco salgo de ahí pitando.

Por cierto, dicen que no se oye a la gente hablar por la calle y no es cierto. La gente habla, pero con el volumen justo, y para nosotros eso es bastante bajito, claro. Pero no es que te rodee silencio, precisamente. Los países más mediterráneos es que llevamos el ruido en la sangre, creo.

Sigo dando vueltas como uno de esos borrachos con los que me cruzo, a medio camino entre el perroflauta ibérico y el bohemio de la calle. Algunos cantan o tocan un instrumento, otros simplemente beben otra cerveza más. Sin ganas de montar bronca. Parece que aquí va cada uno a lo suyo, sin molestar al de al lado. Paso por el Senado, majestuoso y vacío en sus escalinatas anaranjadas y me dejo llevar hasta una terraza donde un hombre toca al piano "Somewhere beyond the sea" y me dan ganas de cantar con él. Sigo caminando hasta que acabo sentado en el césped que hay sobre una colina frente al Kiasma. Atardece y la luz del sol llega cálida y suave, lo que invita a que se reúnan muchos grupos dispares en ese lugar. Unos hacen skate, otros beben algo, otros escuchan música, hablan, ríen. Easy life. A lo lejos se oyen ritmos jamaicanos que proceden de un partido de fútbol que están jugando unos inmigrantes en una especie de torneo callejero en una pequeña cancha situada cerca de la Estación Central.

Hay poca presencia policial por las calles y en edificios públicos. Me temo llegar a Madrid y sentirme en una cárcel de máxima seguridad, creo. El problema no está en la policía. Se trata de si estamos preparados ahí, al sur de los Pirineos, para vivir en una sociedad que no necesite tanta presencia policial. Me temo que no.

Este fantasma que os escribe no quería repetir la escena pánico de ayer noche, así que perfilé alternativas para la cena. Pensé irme a conocer otra punta de la ciudad, coger algo en un super, volver al hotel e improvisar una cena barata y ligera. Pero en mitad del plan se me cruzó un cable y cambié de opinión. Empecé bajándome en Hakaniemi, en una plaza enorme y vacía donde creo que hay un mercado cerca del mar. Los minutos pasaban y dudé entre coger el metro, seguir el plan inicial de ver mundo o, directamente, tomar un tranvía de vuelta al hotel previo paso por el supermercado de esta mañana. Elegí esta opción pero, oh, decido bajarme dos paradas después, donde hay otra parada de metro y otro supermercado. Sin ninguna razón. Entro y veo que están recogiendo varios restaurantes en ese centro comercial junto a la estación de metro. Sigo bajando escaleras y de repente me encuentro un restaurante: "HAPINESS, thai-buffet 10 euros". Sin saber cómo ni por qué me veo pagando a una señora tailandesa por ese "buffet". Imposible volverse atrás.
Horrerur.
Apenas quedan platos del buffet. Me giro y veo que el horario es hasta las 20 horas. Soy el único cliente y han pasado 15 minutos del horario de cierre. Están recogiendo lo que queda de ese tugurio sacado de un ghetto de Bangkok mientras cojo un plato y pongo un poco de arroz amarillo, noodles con algo marrón, trozos de pollo (?), rastrojos de verduras asadas, un par de rollitos y otro par de pinchos con pollo rebozado y mojado en salsa de color rojo brillante. De paso termino con una ridícula bandeja donde hay un par de makis, uno con algo rojo encima y otro con algo verde fosforito. Apenas hay agua en un dispensador y me siento en una mesa junto a la cocina. Los camareros me miran recelosos, deseando que termine cuanto antes, y eso hago. En menos de diez minutos he vaciado mi plato. La boca me arde por la mezcla de salsas pero reconozco que no sabía del todo mal. Sí, vine a Helsinki para todo lo que dije antes y para cenar fuera de hora en un tugurio dentro de una estación de metro, donde cada vez que pasa un vagón tiembla el suelo.

Salgo escopetado hacia una versión reducida del supermercado de esta mañana que está justo enfrente del tailandés y pillo algo para desayunar mañana en el hotel y así hacer el check-out pronto, dejar las maletas en consigna y dar otra vuelta por la ciudad antes de pillar el bus hacia el aeropuerto. Cojo el metro que tiene una iluminación psicodélica y magnética al bajar las escaleras, lo que haría las delicias de Wong kar wai. Al salir en Ruoholahti camino en dirección opuesta, y bajo una lluvia finísima, llego a un canal donde hay un grupo de tres chicas sentadas en el borde mientras ven anochecer relajadamente. Cuántas fotos llevaré ya de este viaje. Demasiadas. Hacía mucho que no salía a ver mundo, desde aquellas crónicas bohemias de Praga.

Lo echaba de menos.

Ver más fotos de este viaje, aquí.

29 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 2

Evito un buffet de 18 euros en el hotel, así que entro en un centro comercial cercano. Pillo un manzana, un zumo JUVER de piña y un sandwich misterioso (no entiendo los ingredientes). En una piedra con forma de cubo, bajo un arbolito, me pongo a desayunar. Hace una mañana estupenda. Cálida y, pee a la bruma, luminosa. Al final el sandwich era de atún, menos mal. Aquí hay mucho salmón, demasiado, como luego comprobé en la Kauppatori (Plaza de Mercado). Allí, entre puestos de souvenirs y ropa de abrigo, se suceden otros chiringuitos de feria donde sirven platos típicos finlandeses para comer en banquetas y mesas cercanas. Muchos se basan en guisos relacionados con el salmón, algunos pescaditos, pulpo rebozado en plan calamares a la romana, albóndigas de arce (sí, de ARCE), etc.

Unas horas antes de este paseíllo por la Plaza del Mercado (junto al puerto, repleto de turistas) me subí a un autobús que recorría por la ciudad en una hora y tres cuartos. Está bien para tener una idea espacial muy general de dónde está todo, ayudado con unos audiocomentarios que te narraban qué era lo que veíamos, aderezados con un poco de historia y de orgullo nacional finlandés al hablar de la calidad del sistema de seguridad social y la educación pública. Estos finlandeses, que no querían estar bajo yugos ni suecos ni rusos. Sólo 5 millones de habitantes hay en todo el país, y en la capital apenas 500.000. Espacio, recursos, equilibrio. Normal que no haya tráfico y que las calles sean espaciosas sin un ápice de contaminación. Y sin apenas ruido de fondo más allá de las gaviotas cerca del mar.
¿Qué coño hacemos en España?

Ya, luego el clima, el vino y la marcha nos quita las penas. Pero vamos. Me basta con leer algo de prensa española antes de salir del hotel y pienso que somos el tercer mundo del primer mundo.

Tras el tour por las zonas más representativas de la ciudad (desde el Estadio olímpico, pasando por el parque de Sibelius o la Iglesia de Temppeliaukiola, bajo unas rocas) me quedo, como comenté, por la Plaza del Mercado. Allí, cuando veo la cola al sol de todos los que esperan el ferry para ir a ver Suomenlinna, se me quitan las ganas de visitarlo mañana. Decido volver a una calle por la que pasamos en el autobús, el Bulevardi, donde había fichado una pizzería (Dennis). Allí como una mini ensalada 'self service', jarra de agua y una pizza de champiñón y pollo por menos de 10 euros. Bonita zona la del Bulevardi, con esa pastelería mítica para puretas llamada Ekberg, como Anita. Me encanta esa palabra, boulevard, aunque tengo la canción de Sisters of Mercy (Detonation boulevard) en la cabeza todo el rato.

Hablando de música, a las 16:00 empieza ese concierto de jazz en Esplanadi, y como todavía tengo un par de horas de por medio decido coger el tranvía 3 y acercarme a Linnanmaki, el famoso parque de atracciones. Es fácil saber cuál es la parada porque es donde se bajan todos los chavales y sus padres. Por fuera me recuerda a una versión express del Parque de atracciones, así que prefiero tomar un camino que bordea el parque e investigar entre la naturaleza. Llego a roca y veo desde ahí la zona sur oeste de Helsinki, y también a una pareja de nudistas que estaban tomando el sol a unos 25 metros de mi. Todo en orden. Sigo bordeando el parque y llego hasta otra parada de tranvía, cojo el 8 y dejo que me lleve hasta la última parada al norte, a ver qué hay. Arabianranta es un barrio de viviendas tranquilo y alejado del centro repleto de edificios de diseño (al menos por fuera). Bajo del tranvía y doy un paseo. A pocos metros de la parada hay un paseo marítimo que bordea la bahía de Hämeentie. Me quedo ahí descansando un rato, mientras pasan algunos con sus bicis o haciendo footing. Se está muy bien ahí, pero regreso rápidamente al centro para al concierto. Llego un poco tarde y ya está lleno de gente de mediana edad, en su mayotría. Mi movil ha muerto así que busco una sombra y me quedo ahí hasta que termina el concierto de jazz. Un cuarteto de guitarra, contrabajo, saxo-clarinete y un baterista que toca como Dios, manejando tiempos y llevando al grupo hacia donde quiere.

Dan ganas de quedarse aquí, la verdad. Aunque no me quiero ni imaginar lo que debe ser esto con pocas horas de luz en invierno. Hellsinki

Cojo el metro y, en dos paradas (sólo hay una línea de metro) vuelvo al hotel a descansar un poco, recargar el móvil y salgo otra vez al centro. Voy a ver el Corona, dentro del conjunto de bares del Andorra, perteneciente a los hermanos realizadores Kaurismäki. Dentro pido media pinta de Guiness y echo un vistazo al local. Un par de barras, mesitas, una terraza y muchas mesas de billar  al fondo, pero sólo juega una pareja. En las paredes cuelgan algunos carteles de películas de los hermanos Kaurismäki y suena de fondo temas muy latinos (OMFG). De hecho llegó a sonar una versión de La Flaca. Me fui a una mesa a leer un periódico en inglés y al terminar la birra me volví a largar cual sombra silenciosa. Igual me paso mañana de nuevo, pero después de cenar, mejor.

A la salida, nueva vuelta por la zona, buscando algún sitio para cenar. Por Mannerheimintie y aledaños sólo veo restaurantes y terrazas, y sin saber por qué empiezo a caminar como un loco, y vuelvo a pasar por la plaza de la Catedral de Helsinki, donde esta mañana había un desfile de bandas militares ante un público que abarrotó las características escalinatas de este templo. También pasé por Kauppatori, el mercado y la Esplanadi, donde hay un grupo de chicas haciendo una especie de corro en el que mezclan una jamming de danza del vientre y otros bailes y cantos variados. Sigo caminando y llego a la estación central, luego giro por la plaza al lado hasta el Teatro Nacional de Finlandia, donde hay un cartel de "Terror y miseria en el III Reich", y me acuerdo de la obra de Brecht "El señor Puntila y su criado Matti", situada en Finlandia, que vi en La Abadía hace mil años, con José Luis Gómez y Lluís Homar haciendo del bipolar terrateniente Puntila y Pedro Casablanc como Matti, y no puedo parar de caminar, y estoy empapado de sudor, cojo un tranvía, el número 4, venga ese mismo, el primero que viene, a lo loco, y me vuelve a dejar donde la Mannerheimintie, como si estuviera tratando de escapar inútilmente de una marea, y vuelvo a caminar y a caminar, sin dirección, como un autómata, atravesando el centro comercial Kampi, donde están cerrando ya (las 21 horas) las tiendas y algunos restaurantes, sigo caminando, cruzo un río y me pierdo durante un par de minutos hasta que diviso a lo lejos una carretera, y un túnel que la atraviesa por debajo, y recuerdo algo parecido cerca del hotel. Camino por esa calle peatonal, tipo rambla, que atraviesa la carretera, y hay gente jugando al frisbee y al baloncesto en unas minicanchas. Un borracho se sienta y se levanta de un banco al ritmo de música electrónica que sale de un móvil, mientras algunas personas pasan a nuestro lado haciendo footing o, cómo no, en bici.

Llego a mi destino, ceno donde ayer y doy una vuelta más hasta  que encuentro el Museo de la fotografía, que mañana visitaré, y un par de fábricas misteriosas que hay en la calle del hotel. Allí, miro por la ventana a las doce de la noche y todavía queda un poco de sol por encima de la oscuridad de la noche. Es como un anochecer remolón, que no acaba por fundir a negro del todo.

Más allá de Laponia, imagino, estará esa naranja en el cielo que decía Atxaga.

Ver fotos de este viaje a Helsinki aquí

28 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 1

"Necesito un día finlandés, necesito un largo día finlandés"Así empieza un gran poema de Bernardo Atxaga, que muchas veces he tenido en mi cabeza estos años, y que me he llevado aquí, a Helsinki, como la principal y más personal referencia sobre estas tierras. También, había visto u oído algo sobre los días de verano donde no se pone el Sol, sobre encuentros y casualidades en círculos polares, naranjas en el cielo, silencios y hombres sin pasado de Kaurismaki, taxis de borrachos existenciales durante una noche en la Tierra, el viejo de los trineos y Rufus en Laponia, Otto el piloto, Litmanen, Räikkönen, abuelo Yulupuki, black metal, zapatillas Karhu, Nokia y algunas otras referencias fugaces contemporánea. El caso es que ahora son las 00:00 y no hay rastro de ese sol de que hablaba Atxaga. Aunque hace una hora todavía se podía ver un poco en este cielo limpio.

Muy limpio, aunque hace mucho calor. Duro y pegajoso, como en Palma de Mallorca. Sí, aquí, en Helsinki. Camiseta empapada todo el puto día. Pero bueno, también la tenía en el control de pasaportes de la T4 esta misma mañana. He tenido que pasar tres veces la mochila por culpa de las malas indicaciones de una policía amargada. No me gusta viajar en avión. Odio esta ceremonia de concienciación del terror y humillación de los controles de entrada. El tiempo perdido en esos controles, en la facturación, el acoso de los comerciales de una tarjeta del banco (joder, incluso en la puerta de embarque!) y otra vez esperar en el embarque y, de nuevo, al llegar. El vuelo fue bastante tranquilo, bordeando la Borgoña y el Mar Báltico, con un triste sandwich de atún y tomate, un zumo de naranja y un té como almuerzo.

Salí del aeropuerto de Vantaa con esa bofetada de calor como bienvenida a Finlandia. ¿Frío? NO. Inauguro la Helsinki card en el caótico autobús de Finnair. Abren para meter maletas, se queda la  conductora allí abajo y, sin saber por qué, nos colamos todos en el bus. Luego entró e indicó que debíamos bajar, subir de nuevo y pagar. Esto no es el mundo salvaje. Su mirada, la misma que la que me dió la Helsinki card, la de la mayoria de gente que he encontrado por la calle, es igual de fría. No gritó, como haría en España. Bastaba su serenidad y convicción. Y lo logró.

Estación central de Helsinki, cojo tranvía equivocado (pese a las indicaciones de Google maps, que inventó la ruta del tram 6 para parar milagrosamente al lado de mi hotel, cosa que no hace) El conductor, al final el trayecto, me indicó amablemente dónde coger el correcto, el 8, y allí fui. Calle vacía, algún centro comercial, silencio en las aceras, algún que otro coche... Y mucha gente yendo en bicicleta.

Recepción en el hotel y bonitas vistas desde la habitación. Con la de recepción algo de palique sobre el tiempo y las vistas. Luego, tras pelearme con el ascensor, llego a la habitación: un séptimo piso en el que se ve un lago, una carretera sin apenas coches y unas obras justo debajo del edificio. Pero me quedo con una gran postal a lo lejos, que se repetiría horas después, al ver ese largo anochecer desde la ventana.

Salgo a pasear por la zona aunque no hay nada aparentemente interesante, y tras cotillear qué hay en  un centro comercial cercano, acabo tomando fast food enfrente del mismo. Busco wifi desesperadamente, ya que leí que en toda la ciudad había red, pero no es tan fácil. Visto lo visto hoy, sólo hay en centros comerciales, restaurantes y algunos puntos concretos del centro. También en el autobús al aeropuerto. Termino y sigo caminando. Apenas hay gente por la calle (19:00) pero a medida que me acerco al centro, encuentro más gente en terrazas y sentados en los parques, algunos cenando en plan picnic, como en el paseo Esplanadi, donde me acerqué para ver dónde vendían entradas para un sightseeing bus que pillaré mañana por la mañana, para echar un vistazo a la ciudad. Me encontré con varias tiendas de tatuaje durante mi paseo. Pensé que me gustaría hacerme uno aquí.

Lejos.

Pero rechazo esa idea banal.

Me sorprende la variedad de razas, colores, rasgos que me encuentro en esta ciudad tan al norte de Europa. Pensé, erróneamente, en una ciudad cerrada de finlandeses de toda la vida, alejados del mundo. Pero me encontré mujeres con velo, hombres del África profunda, orientales, hispanos. Todos parecían hablar finés con la misma naturalidad que los autóctonos, algunos jóvenes forman pandillas con chavales locales en los centros comerciales y aledaños. Hay ambiente cosmopolita, integrador, abierto. Y más bicicletas por la calle, y skaters. Y las chicas tienen la piel canela y el pelo plateado, liso y suave. Los ojos azules brillan ligeramente achinados, y sonríen sólo en la complicidad de sus grupos de amigas. Las calles, los restaurantes de comida rápida, los carteles de conciertos, las pintas de los chavales, todo tiene una influencia clara de la globalidad de la cultura occidental.

Es fácil pasar desapercibido aquí y no se aprecia mucho ruido por la calle, pese al bullicio aparente. Paso por la estación central, fotografío algunos trenes viejos dentro de la misma, sigo por los alredecores del centro comercial/estación de autbús Kampi, Esplanadi animada, puerto vacío y vuelta al hotel callejeando un poco más, al menos para hacerme una idea de qué hay por esa zona y situarme con respecto al hotel.

Ahora, aquí, mientras escucho anuncios finlandeses en la tele, el cielo está cubierto de nubes y apenas se pueden ver las estrellas. Mañana toca patear la ciudad de cabo a rabo, con ayuda de tranvías, claro. Y espero pasarme por el Corona, mítico bar con billar, cine y buena música que, junto con el peculiar Mosckva, tienen los hermanos Kaurismaki en Helsinki.

Esto acaba de empezar.
Seguiremos informando, desde este breve exilio finlandés.

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