28 julio 2014

Breve exilio en Helsinki - Día 1

"Necesito un día finlandés, necesito un largo día finlandés"Así empieza un gran poema de Bernardo Atxaga, que muchas veces he tenido en mi cabeza estos años, y que me he llevado aquí, a Helsinki, como la principal y más personal referencia sobre estas tierras. También, había visto u oído algo sobre los días de verano donde no se pone el Sol, sobre encuentros y casualidades en círculos polares, naranjas en el cielo, silencios y hombres sin pasado de Kaurismaki, taxis de borrachos existenciales durante una noche en la Tierra, el viejo de los trineos y Rufus en Laponia, Otto el piloto, Litmanen, Räikkönen, abuelo Yulupuki, black metal, zapatillas Karhu, Nokia y algunas otras referencias fugaces contemporánea. El caso es que ahora son las 00:00 y no hay rastro de ese sol de que hablaba Atxaga. Aunque hace una hora todavía se podía ver un poco en este cielo limpio.

Muy limpio, aunque hace mucho calor. Duro y pegajoso, como en Palma de Mallorca. Sí, aquí, en Helsinki. Camiseta empapada todo el puto día. Pero bueno, también la tenía en el control de pasaportes de la T4 esta misma mañana. He tenido que pasar tres veces la mochila por culpa de las malas indicaciones de una policía amargada. No me gusta viajar en avión. Odio esta ceremonia de concienciación del terror y humillación de los controles de entrada. El tiempo perdido en esos controles, en la facturación, el acoso de los comerciales de una tarjeta del banco (joder, incluso en la puerta de embarque!) y otra vez esperar en el embarque y, de nuevo, al llegar. El vuelo fue bastante tranquilo, bordeando la Borgoña y el Mar Báltico, con un triste sandwich de atún y tomate, un zumo de naranja y un té como almuerzo.

Salí del aeropuerto de Vantaa con esa bofetada de calor como bienvenida a Finlandia. ¿Frío? NO. Inauguro la Helsinki card en el caótico autobús de Finnair. Abren para meter maletas, se queda la  conductora allí abajo y, sin saber por qué, nos colamos todos en el bus. Luego entró e indicó que debíamos bajar, subir de nuevo y pagar. Esto no es el mundo salvaje. Su mirada, la misma que la que me dió la Helsinki card, la de la mayoria de gente que he encontrado por la calle, es igual de fría. No gritó, como haría en España. Bastaba su serenidad y convicción. Y lo logró.

Estación central de Helsinki, cojo tranvía equivocado (pese a las indicaciones de Google maps, que inventó la ruta del tram 6 para parar milagrosamente al lado de mi hotel, cosa que no hace) El conductor, al final el trayecto, me indicó amablemente dónde coger el correcto, el 8, y allí fui. Calle vacía, algún centro comercial, silencio en las aceras, algún que otro coche... Y mucha gente yendo en bicicleta.

Recepción en el hotel y bonitas vistas desde la habitación. Con la de recepción algo de palique sobre el tiempo y las vistas. Luego, tras pelearme con el ascensor, llego a la habitación: un séptimo piso en el que se ve un lago, una carretera sin apenas coches y unas obras justo debajo del edificio. Pero me quedo con una gran postal a lo lejos, que se repetiría horas después, al ver ese largo anochecer desde la ventana.

Salgo a pasear por la zona aunque no hay nada aparentemente interesante, y tras cotillear qué hay en  un centro comercial cercano, acabo tomando fast food enfrente del mismo. Busco wifi desesperadamente, ya que leí que en toda la ciudad había red, pero no es tan fácil. Visto lo visto hoy, sólo hay en centros comerciales, restaurantes y algunos puntos concretos del centro. También en el autobús al aeropuerto. Termino y sigo caminando. Apenas hay gente por la calle (19:00) pero a medida que me acerco al centro, encuentro más gente en terrazas y sentados en los parques, algunos cenando en plan picnic, como en el paseo Esplanadi, donde me acerqué para ver dónde vendían entradas para un sightseeing bus que pillaré mañana por la mañana, para echar un vistazo a la ciudad. Me encontré con varias tiendas de tatuaje durante mi paseo. Pensé que me gustaría hacerme uno aquí.

Lejos.

Pero rechazo esa idea banal.

Me sorprende la variedad de razas, colores, rasgos que me encuentro en esta ciudad tan al norte de Europa. Pensé, erróneamente, en una ciudad cerrada de finlandeses de toda la vida, alejados del mundo. Pero me encontré mujeres con velo, hombres del África profunda, orientales, hispanos. Todos parecían hablar finés con la misma naturalidad que los autóctonos, algunos jóvenes forman pandillas con chavales locales en los centros comerciales y aledaños. Hay ambiente cosmopolita, integrador, abierto. Y más bicicletas por la calle, y skaters. Y las chicas tienen la piel canela y el pelo plateado, liso y suave. Los ojos azules brillan ligeramente achinados, y sonríen sólo en la complicidad de sus grupos de amigas. Las calles, los restaurantes de comida rápida, los carteles de conciertos, las pintas de los chavales, todo tiene una influencia clara de la globalidad de la cultura occidental.

Es fácil pasar desapercibido aquí y no se aprecia mucho ruido por la calle, pese al bullicio aparente. Paso por la estación central, fotografío algunos trenes viejos dentro de la misma, sigo por los alredecores del centro comercial/estación de autbús Kampi, Esplanadi animada, puerto vacío y vuelta al hotel callejeando un poco más, al menos para hacerme una idea de qué hay por esa zona y situarme con respecto al hotel.

Ahora, aquí, mientras escucho anuncios finlandeses en la tele, el cielo está cubierto de nubes y apenas se pueden ver las estrellas. Mañana toca patear la ciudad de cabo a rabo, con ayuda de tranvías, claro. Y espero pasarme por el Corona, mítico bar con billar, cine y buena música que, junto con el peculiar Mosckva, tienen los hermanos Kaurismaki en Helsinki.

Esto acaba de empezar.
Seguiremos informando, desde este breve exilio finlandés.

Ver fotos de este viaje a Helsinki aquí

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