01 abril 2014

1990

El padre de Travis acababa de encontrar una cinta VHS que ponía "1990". Eran clips de video que el mismo grabó durante aquel año, con su cámara Sanyo Hi8 que compró por 125.000 pesetas. Entonces era la gran novedad. Durante unos cuantos años la llevó a todo tipo de reunión entre amigos, familiares y excursiones varias. Se sentaron ese domingo Travis, su padre y su madre frente a la tele en el salón y empezaron a ver aquella cinta, gastada y llena de drops en la imagen, que chirriaba a ratos en los gastados cabezales del vídeo. "Que horror de voz" dijo su padre al oír sus audiocomentarios durante un eterno plano secuencia del trayecto por carretera entre El Pardo y Madrid. Lo más destacado en estos vídeos eran los recursos narrativos que con más o menos acierto se iban experimentando involuntariamente: El mareante zoom completamente desestabilizado, los alocados paneos, la tapa puesta al empezar a grabar una toma, el toque en falso del "pause" o "stop" que hacía que se siguiera grabando conversaciones absurdas, discusiones y suelos fuera de foco, el cambio del plano subjetivo (ahora grabas tú, ahora se la doy a Miguel, deja que la coja yo, etc. ) y las indicaciones de quienes agarraban la cámara en ese momento (Hay que darle al REC, no, al botón, ¿tiene que estar en rojo?, cómo se quitan esos números, di algo, ven aquí, no te escondas, ve para allí, no te muevas tanto , etc.)



En un plano aparecía la madre de Travis conduciendo, casi 25 años más joven. "Fíjate cómo conducía, sabía hacer cosas. Ahora no sé hacer nada, soy una inútil" decía su madre mientras apoyaba su cabeza en una de sus manos temblorosas. "Mamá, no eres una inútil, sólo has perdido práctica". Sus intentos de animarla sabía que eran en vano. No le gustaba envejecer y era consciente de sus limitaciones. Su madre no respondía al concepto de ancianos vitalistas, al estilo del viejo ese del anuncio de Ikea que va con una silla por todo el mundo, o el entrenador personal del imbécil de Aznar, ese que casi se abre la cabeza en un programa tratando de demostrar su vitalidad. Pero tampoco está senil en una silla de ruedas, ni postrada en una maldita cama de hospital enganchada a máquinas que fuerzan su vida más allá del dolor. Ella en el fondo se sentía tranquila en casa. Pero al verse ahí, más joven, con otro pelo, un cuerpo menos castigado por el tiempo, se sentía muy lejana y abandonada a la inevitable vejez.

En un momento del video, durante una fondie en la casa de Elena, aparecían los perros que entonces tenían. "Qué pena esos perritos, hace tanto que murieron", dijo su padre. En el video salían varias amigas de su madre, que también fueron murieron en estos años. Y su tía-abuela Dolores, también fallecida. Pero ahí estaban en la tele riéndose a carcajadas, respirando toda la vida del mundo, caminando y posando delante de la cámara, imitando a presentadores de informativos, disfrutando de la carne, las salsas, la queimada y los chistes del marido de Elena. Luego empezó la parte del primer viaje a Galicia, en verano. Estaban en la antigua estación del Norte junto con la familia de Elena. El padre de Travis seguía grabando detalles, un perro que pasaba por el andén, los coches entrando en los vagones portacoches, los carteles del destino del tren, ruedas, raíles, camarotes, un pájaro, los grafittis a la salida de la estación. En el viaje en tren también salían Travis y su hermana. Ella, risueña y cariñosa. Él, incómodo y tímido.

Entonces llamaron a la puerta, venía la hermana de Travis con sus hijos y su marido para comer con la familia, como casi todos los domingos. Así que apagaron el video para poder seguir viéndolo más adelante. Y todo volvió de repente a la realidad, 25 años después.

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