31 julio 2011

Los amigos del verano


A Miguel le daban miedo los tractores de la playa. Los veía como dinosaurios metálicos cuyas gigantescas ruedas aplastaban la arena y sus ruidosos motores tronaban delante de su cuerpo. Se sentía diminuto y frágil ante ellos. Era a mediados de los ochenta, Miguel tenía ocho años y le aterraba bajar a la playa. Daba igual que durante días llorara o patalease. Siempre acababa yendo a la playa con sus padres, aunque luego apenas se movía de la sombrilla. Todo cambió el día que conoció a Javi, un chico de su misma edad que se alojaba en el bungalow contiguo al suyo. La familia de Javi era enorme, casi dieciséis personas repartidas por toda la urbanización. Comparado con la suya, (mamá, papá y él), la algarabía de toda esa gente alrededor le hacía parecer que vivía un mundo diferente. Javi y él hicieron buenas migas nada más conocerse, en una de esas mañanas en las que no quería ir a la playa. Estaba Javi en la acera con unos primos suyos preparándose para ir a la playa y se acercó a Miguel, que lloraba junto al coche de sus padres.

- ¿Por qué no quieres ir a la playa?
- Me dan miedo los tractores. Creo que me van a aplastar.
- Qué dices. Mi padre me ha dicho que sólo están en una parte donde van a construir hoteles. Además, si te aplastasen irían a la cárcel.
- No sé.
- Mira, nosotros vamos a la playa ahora. Me han regalado estas gafas de buceo superchulas. Si quieres la probamos y vemos qué hay debajo del agua.

Aunque Miguel no sabía nadar, se colocó esas gafas y agachó la cabeza en una zona donde hacía pie, junto a las rocas. Pudo ver la pálida arena moviéndose lentamente cuando movía los pies, caracolas, piedrecitas y algunos peces. Sus pequeñas manos brillantes bajo el agua agarraron algunas conchas que luego enseñó a sus padres orgulloso. Desde entonces deseaba bajar a la playa todos los días.

Miguel y Javi se divirtieron mucho ese verano y las dos familias se hicieron muy amigas. Compartían zona de la playa, daban paseos en coche por la isla y cenaban juntos algunas veces. Como Javi, sus hermanos y sus primos sabían nadar, entre todos ayudaron a moverse a Miguel en su flotador hacia zonas un poco más alejadas de la costa donde podían hacer lo que quisiesen sin que la vigilancia de sus padres. Por las tardes, cuando bajaban a la feria, Miguel y Javi se metían por las rocas que bordeaban el paseo marítimo jugando a que estaban en una película de aventuras. Se perseguían, se atrapaban, resolvían misteriosas desapariciones, encontraban restos escondidos entre las rocas, un bolso, un zapato, una cartera vacía, latas de refresco, un reloj. Dos veces a la semana iba con los primos de Javi a ver películas en la pantalla al aire libre que había cerca de la playa. Siempre ponían películas de acción de la época y alguna comedia antigua que sólo hacía gracia a los más veteranos del lugar. A Miguel le encantaba sentirte parte de esa familia, rodearse de chavales más mayores que él que se hacía bromas entre ellos, vacilaban a las chicas y se retaban a ver quién hacía la barrabasada mayor. Luego comían bocadillos de calamares hasta que no podían más y tiraban los restos a la playa. Miguel imitaba todo lo que ellos hacían y se reían con él. Javi jugaba con el grupo de chicas que venía a veces con ellos, amigas de su prima Carmen. Una de ellas, Ariadna, tonteaba con Miguel todo el rato. Le gustaba llamar su atención y que le cogiese de la mano cuando volvían a casa.

El último día quedaron las dos familias para comer una paella en un restaurante muy conocido de la zona. Miguel y Javi se pasaron toda la mañana persiguiéndose entre las calles como en la película que vieron la noche anterior: El guerrero americano. Hacían como si se tirasen estrellas ninjas, se golpeaban con nunchakus y se disparaban con escopetas imaginarias, haciendo click click cuando recargaban la recortada. Ellos se divertían mucho mientras Ariadna andaba mosqueada porque no le hacían caso. La madre de Javi les dijo que se fueran a lavar las manos porque iban a comer, así que Miguel y Javi bajaron al cuarto de baño del restaurante, saltando por las escaleras y lanzándose estrellas ninja.

En el baño hicieron pis y luego fueron a lavarse las manos. Había dos primos de Javi y entre todos jugaron a echarse agua del grifo a la cara. Se quedaron solos Javi y Miguel y este vio junto al lavabo un pulverizador con líquido dentro. Apretó y le lanzó el líquido a la cara de Javi entre las risas de los dos niños. De repente, Javi se llevó las manos a la cara gritando de dolor “¡No veo, no veo!”. Su cara se puso muy roja y Miguel dejó caer al suelo el pulverizador, asustado. Entró rápidamente uno de sus hermanos y, mientras Javi lloraba y gritaba de dolor, le echó muy nervioso agua a la cara. Miguel salió del baño y subió corriendo las escaleras. Vio en el salón del restaurante a todos comiendo la paella. Unos primos robaban los calamares del plato de otro. Los tíos bebían vino. Ariadna se reía por las cosquillas que le hacía Carmen. Mamá y papá hablaban relajados con los padres de Javi. Miguel les vio a todos como si fueran unos extraños. Él no podía sentarse allí. No sabía qué hacer. Sólo sentía una presión en el pecho que le hacía sudar y le provocaba que sus piernas temblasen. Salió a la calle y se puso a caminar cada vez más rápido, sin saber a dónde ir. Lloraba. No podía oír ni ver nada. Sólo le venían imágenes de Javi gritando y llorando con los ojos cerrados. El desagarro agudo y continuo de su llanto y las manos nerviosas de su hermano al echarle agua.

Vio el mar al final de la calle junto a la playa. Siguió caminando deprisa y al cruzar la acera no vio a una moto que pasaba por su izquierda. Aunque pudo frenar, ésta no pudo evitar que golpease a Miguel, estampándolo de espaldas contra el suelo. La moto volvió a arrancar y se marchó mientras Miguel se levantaba tambaleándose. Quiso gritar pero no pudo. Algo le impedía que sus pulmones tomaran aire. Los tenía paralizados. Caminó ahogándose hacia la playa, vacía a esas horas de la tarde, y deambuló unos segundos tratando inútilmente de tomar una bocanada de aire. Luego todo le dio vueltas y cayó a la arena de bruces, hundiendo su cara en la arena húmeda, mientras los tractores circulaban a pocos metros de donde estaba, tronando sus ruidosos motores.

(c) 2011 Jesús Elorriaga

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