16 junio 2011

Pernod Fils

Hay días en los que desearía correr y no parar nunca. Y que algunas noches húmedas fueran directas hacia el infinito. Tu boca me dice piérdeme y me contengo, agarrando con fuerza una botella rota. Quizás hoy tenga demasiadas nubes a mi alrededor. Por eso las espanto con este paraguas y bebemos, una vez más. Tirado encima de tu cama me dices que soñaste que intentabas matarte haciendo explotar varias veces una granada en tu cabeza. Las dos primeras veces sentiste un relámpago violento y después se todo se fundió hacia una calma blanquecina. Algo parecido al estalido de un chupito de esos cayendo en mi estómago sin compasión. En el tercer intento preferiste dejar las granadas y marchaste a ver lo que quedaba de ti en un espejo. Todo perfecto. Tan perfecto. Tan bella y tan maldita. Siempre podemos intentar vivir de nuevo, otra vez más. En el salón de los muebles viejos, la gente baila y ríe en grandes cantidades. Beben en otras tantas. Y yo te observo sentado en el sillón, engullido por él. Quisiera recuperar la calma posterior al llanto de nacer. La liberación del ser superior. Y también quisiera levantarte esa falda y perderme dentro de ti. La lluvia de afuera no impide que los gatos nos vigilen en los portales. Y por la calle busco las sombras de tus garras pero me encuentro perdido en cada carcajada que no puedo evitar. Me tambaleo mientras vamos cogidos de la mano y me cuentas mil historias que siempre son las mismas con voces distorsionadas. Y en tus ojos gatunos se dejan caer los párpados, al igual que tus piernas. Te recojo inconsciente del suelo y miro un horizonte que está cada vez más cerca. La nada no importa nada. El infinito se esconde en una luz de esa ventana que nos vigila. El viaje al fin de la noche no debería finalizar en esta parada.

(c) 2011 Jesús Elorriaga

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