17 mayo 2011

Versus

Aquel día Martín pudo ver, con los ojos cerrados, todo lo que sucedía al otro lado de la ventana de su habitación. El mundo parecía encajar como en un tablero de piezas perfectas. Lo que debería ser, era, y lo que quería que sucediera, pasaba. No existían más razones para torturarse delante del espejo pensando “viejo idiota, has malgastado toda tu puñetera vida”. Acarició su cuerpo y notó que no había estrías de malos recuerdos. El azul de sus ojos volvió a brillar gatuno como en su adolescencia. Los músculos recuperaron la fuerza y definición de sus años de soldado en una guerra olvidada ya por todos. En sus sueños desapareció el estado de alerta, ya no se mezclaban los ruidos del combate, el aturdimiento de los días sin tregua hacia ninguna parte, las trincheras de placeres clandestinos y los campos de batalla poblados de minas antipersonalidad. Comprendió que podía, al fin, aprender a escuchar, a medir correctamente cada palabra que oía, cada gesto y situación aparentemente excepcional que le sucedía. Ahora sólo necesitaba salir a la calle para sentir la calidez del sol y el aire lleno de vida.

Pero cuando abrió la puerta se encontró con un hombre más joven que él, apoyado en las escaleras de la entrada. Cuando le oyó abrir la puerta se giró y se lanzó a por él, con la cara extremadamente pálida y unos ojos grises que le resultaron muy familiares. Con sus manos delgadas, apretó con fuerza el cuello de Martín, sin que pudiera escapar de esa agonía. Aún así, le miraba y algo en su rostro le imposibilitaba defenderse. No podía atacarse a sí mismo. Era una directriz implícita que no podía violar. Se fueron cerrando lentamente sus ojos hasta que perdió el conocimiento en esa extraña confianza que le hizo pasar de la duda al aturdimiento. Como si esperara un mensaje de confirmación de lo sucedido mientras iba cayendo de un inmenso tobogán hacia una realidad inesperada. Sin apenas darse cuenta volvió a encontrarse en su cama, inmóvil y sedado, con la cabeza girada hacia la ventana, en una posición en la que quizás llevaba horas, días, semanas. Con gran esfuerzo alzó un brazo hacia la ventana, tratando de agarrar aquellas luces que se le escapaban de su visión moribunda. Cerró los párpados, incrédulo, ante una realidad que todavía quedaba por delimitar más allá de los pies de su cama.


(c) 2011 Jesús Elorriaga

2 comentarios:

Lamardestrellas dijo...

¡Uau! Estremecedor. Nunca dejas indiferente.

Jesús Elorriaga dijo...

Hola Lamar! Cuánto tiempo, gracias por tu comentario. Te sigo siempre!