19 noviembre 2010

Motos Piaggio

Los primeros recuerdos que tenía de su vida se trasladaban a un viejo taller de motos enfrente de su colegio. Tendría tres o cuatro años y su madre venía a recogerle cada día a la puerta de las Mercedarias, en el barrio de Chueca. Por aquel entonces la zona era un epicentro del tráfico y consumo de drogas, y por la calle te podías encontrabas a todo tipo de personajes más o menos peligrosos. Aún así tenía el encanto del barrio de toda la vida, con la panadería de Cirilo, la cafetería de Vicente junto a la plaza de las Salesas, el Spar de la esquina, la carnicería del tipo engominado o una mítica peluquería a la que iba en la calle Barquillo, donde le amenazaban en broma con cortarle una oreja si no paraba de llorar.

Todos esos comercios habían desaparecido a lo largo de los años, pero el único que seguía en pie era ese taller donde reparaban y vendían motos. Recordó el olor a gasolina, los ruidos de los mecánicos y las motos que se alineaban junto a la entrada. Había un cartel azul de Piaggio lleno de suciedad que destacaba sobre un garaje de puertas metálicas, y del interior no paraban de sonar los éxitos horteras de aquella época. Y cada día caminaba de la mano de su madre, mientras ella hablaba con otra madre que llevaba de la mano a una niña que comía bocadillos, y bajaban la calle Almirante hasta su casa en Conde de Xiquena, llevándose esos olores y sonidos a su habitación.

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