17 septiembre 2007

Mujeres boxeadores afganas


EFE

KABUL.- 15 jóvenes de entre 13 y 20 años han desafiado la reclusión que sufre la mujer en la tradicional sociedad afgana al formar el primer equipo femenino de boxeo del país, que aspira a participar en los Juegos Olímpicos de 2012.

"Quiero boxear para luchar por la paz y por nuestros derechos", asegura Behishta, una púgil de 17 años que se entrena desde la apertura del único club de boxeo femenino de Afganistán. Las chicas se entrenan tres veces a la semana durante una hora en una sala situada en el estadio de Kabul, donde el régimen talibán llevaba a cabo ejecuciones y amputaciones públicas.

"¿Quién está llena de energía hoy? ¿Quién está preparada para boxeo de verdad hoy?", pregunta a las púgiles tras el calentamiento uno de los entrenadores, Abdul Hai Shekib Satari, ex campeón afgano de boxeo. "Más rápido, chicas. Sed constantes", exhorta Satari mientras deambula por la sala y estudia los movimientos de sus alumnas.

Las púgiles esperan representar a Afganistán en los Juegos Olímpicos de Londres, donde por primera vez está previsto que el boxeo femenino se convierta en deporte olímpico. "Estas chicas aprenden rápido y tienen un gran futuro. Espero que el equipo siga creciendo y podamos participar en los JJOO de 2012", dice el entrenador.

Pero su labor para atraer chicas al nuevo equipo de boxeo no ha sido nada fácil. Satari tuvo que visitar las familias de las deportistas para convencerlas de que permitieran a sus hijas practicar el boxeo. "Tenemos que empezar a inducir a las mujeres a que participen en deportes y en actividades sociales que les permitan luchar contra una sociedad conservadora", propone el entusiasta entrenador.

'Este deporte también une a chicas de diferentes etnias

En Afganistán, un país donde la mujer, especialmente en las áreas rurales, es vista en ocasiones contadas en la vida pública, hay muy pocos espacios para que las afganas desarrollen una vida plena más allá de las paredes de sus hogares. "Este deporte también une a chicas de diferentes orígenes étnicos", dice una de las chicas mientras señala con sus guantes a una compañera hazara, grupo étnico que se concentra en el centro del país.

Otra boxeadora, Zarghona, de 15 años, asegura que se enamoró del boxeo después de ver por televisión un combate de Laila Ali, hija del legendario Mohammad Ali. "Quiero ser como Laila Ali. Quiero convertirme en la campeona del mundo de boxeo", asevera la confiada púgil.

El boxeo, prohibido por los talibanes

A pesar de que el régimen talibán se caracterizó por las ejecuciones en público y otros castigos ejemplares, en 2000 prohibió el boxeo al considerar que golpear a alguien en la cara "va en contra de la dignidad humana". Los integristas islámicos también impusieron restricciones en otros deportes: los atletas, incluidos los boxeadores, tenían que dejar crecer su barba, llevar pantalones largos y parar el juego al llegar la hora del rezo musulmán. La práctica deportiva estaba fuera del alcance de las mujeres.

"Estamos muy contentas, ahora tenemos libertad", exclama una risueña Zarghona, que asegura que no tuvo ningún problema para convencer a su familia de que la dejaran entrar en el club de boxeo. Desde la caída del régimen talibán tras la invasión estadounidense de 2001, Afganistán ha vivido profundos cambios en los derechos civiles de la población.

A pesar de que continúa subyugada por el fundamentalismo de buena parte de la población afgana, la mujer afgana ha pasado de estar obligada a enfundarse el 'burka' en cualquier aparición pública a querer representar a su país en un deporte dominado por hombres como es el boxeo.

08 septiembre 2007

The River, intro

Bruce Springsteen:


... When I was growin' up me and my dad used to go at it all the time, over almost anything. I used to have really long hair, way down past my shoulders. I was 17 or 18, oh man he used to hate it. And we got to where we'd fight so much that I'd spend a lot of time out of the house. And in the summertime it wasn't so bad, 'cause it was warm and your friends were out, but in the winter... I remember standin' down town and it would get so cold. And, when the wind would blow I had this phone booth I used to stand in. And I used to call my girl, like for hours at a time, just talkin' to her all night long. And finally I'd get my nerve up to go home, and I'd stand there in the driveway, and he'd be waitin' for me in the kitchen. And I'd tuck my hair down into my collar, and I'd walk in, and he'd call me back to sit down with him... And the first thing he'd always ask me was; "What did I think I was doin� with my self�? And the worst part about it, was that I could never explain it to him...


I remember I got in a motorcycle accident once, and I was laid up in bed and he had a barber come in and cut my hair... And man... I can remember tellin' him that I hated him, and that I would never ever forget it.

And he used to tell me; "Man I can't wait till the army gets you. When the army gets you, they're gonna make a man out of you. They're gonna cut all that hair of and they'll make a man out of you".

And this was in, I guess '68, when there was a lot of guys from the neighbourhood goin' to Vietnam. I remember the drummer in my first band, commin' over to my house, with he's marine uniform on, sayin' that he was goin' and that he didn't know where it was... And a lot of guys went, and a lot of guys didn't come back. And the lot that came back, weren't the same anymore... I remember the day I got my draft notice... I hid it from my folks, and three days before my physical, me and my friends went out, and we stayed up all night. When we got on the bus to go that mornin', man, we were all so scared... And I went... And I failed... I came home... (Applauds)... It's nothin' to applaud about... But I remember commin' home, after I'd been gone for three days, and walkin' in the kitchen and my father were sittin' there.

My dad said; "Where've you been�"

I said; "Ehhh... I went to take my physical"

He says; "What happened�"

I said; "They didn't take me"

And he said; "That's good..."

and then....

http://es.youtube.com/watch?v=OTc09F7l26c&mode=related&search=



01 septiembre 2007

EL JUEGO INTERRUMPIDO

Artículo publicado por Felix de Azua, en elmundo.es el 1/09/2007

Una particular visión de la vida, la muerte y la ficción.

EL JUEGO INTERRUMPIDO

Durante muchos y repetidos días terminales de agosto hemos asistido al espectáculo del dolor popular retransmitido en directo con una autenticidad muy infrecuente en la televisión. El dolor popular está presente todos los días en los entierros del mundo islámico, en las familias destruidas por huracanes, incendios o bombardeos, en la omnipresencia del terror, la miseria y la crueldad, una constante en los diversos canales porque es un componente esencial sin el cual la televisión sería inútil.

El contrapunto de los concursos, culebrones, series, deportes, galas y programas de obscenidad sentimental ha de ser necesariamente una presencia del dolor, la miseria y la muerte en espacios 'prime rate'. Sólo de ese modo es posible salvar a los informativos del resto de la producción y darles un simulacro de realidad que permita pensar en el medio televisivo como algo que informa sobre algo. De no ser por la acumulación de muerte y terror, la televisión sería una 'play station' y los adultos buscarían otros espectáculos más excitantes.

Sin embargo, la intensidad y emotividad del duelo producido por la muerte del joven futbolista del Sevilla ha superado con mucho todo lo habitual. En realidad, el suceso pertenece a un orden distinto al de la muerte en directo y no había sido planeado: escapaba por completo a la muerte televisiva habitual y por eso fue necesario un sobreesfuerzo para recuperarlo y domesticarlo.

Las familias arrasadas por un suicida en Bagdad o por un huracán en Nueva Orleans parecen de ficción si se comparan con la veracidad evidente que aparecía en los rostros de los ciudadanos trastornados por el suceso. Y ello, no por la proximidad geográfica o cultural que nos haría compartirlo con simpatía, sino porque las imágenes de desolación no venían incitadas por un daño personal, una pérdida material, una violencia en carne propia, sino por una desdicha ajena. La muerte inesperada e incomprensible de un muchacho, el espantoso aparecer del sinsentido. Algo de lo que la televisión huye desesperadamente.


Yo sólo recuerdo un movimiento popular comparable cuando ETA compuso un escenario macabro para asesinar a Miguel Ángel Blanco. En aquella ocasión la banda mostró el fondo profundo de la trivialidad política en la que se escuda, su mediocre alma funcionarial, y puso fecha a una pena de muerte dictada por el amor a la patria vasca. Aquellos dos días de reflexión les explotaron en las manos. La espontaneidad del dolor popular fue tan colosal que asustó incluso a los beneficiarios del terror, los que recogen las nueces, de manera que hubieron de retroceder algunos pasos en sus narcisismos nacionales durante unos meses, espantados ante la verdad que se había abierto a los ojos del mundo por un capricho de la banda.

Uno de los jóvenes que lloraba al futbolista sevillano ante las cámaras dijo que habría preferido perder la liga antes de que sucediera algo tan tremendo. A aquel chaval no le cabía en la cabeza posibilidad más terrorífica que perder la liga, pero la muerte del futbolista le había abierto un abismo vertiginoso. Para su horror, sí que había algo peor. La causa de tanta desesperación es la irrefutable presencia de la muerte, no como consecuencia de un acto previsible o contabilizable (una guerra, un huracán, un incendio, un atentado terrorista, los celos del macho, la carretera, las drogas), sino como absurdo absoluto. La muerte como algo natural, inevitable, fatídico y que nos agrede a todos sin excepción. Desde la pantalla, desde el lugar de la paz y la felicidad.

Al ver cómo un joven atleta caía fulminado sin otra causa que su propio corazón, simplemente porque le había llegado su hora, todos nos hemos visto señalados por el dedo de la muerte real, la que no puede domesticar ni la Administración, ni los psicólogos, ni los filósofos, ni los curas, ni absolutamente nadie. Una muerte para la que no cabe buscar culpables o responsables. La muerte de aquel muchacho es la acusación más grave que se pueda pensar contra la vida misma: que no tiene sentido. Eso es lo que desespera hasta el punto de desear perder la liga. O cosas peores. Cosas que la Administración política, la garante de la paz y la felicidad, no se puede permitir.

La similitud con la espontánea manifestación que tuvo lugar cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco se debe, a mi entender, a que los terroristas, llevados de su alma publicitaria, lo presentaron como un espacio televisivo, es decir, con una secuencia diseñada y previsible: proponían como premio la vida de la víctima y las pruebas a superar eran aquello que exigían de los concursantes a cambio de no asesinarle. La independencia de las provincias vascas, por ejemplo. Estaba mal planificado. La espera se hizo insoportable y las gentes salieron a la calle para exigir que los directivos anularan el programa.

En ambos casos la aparición de la muerte en pantalla provocaba un sinsentido insufrible: el asesinado de todos los días, el asesinado normal, como los dos ecuatorianos casi imperceptibles de Barajas, aparece ya muerto, como una consecuencia o un daño colateral de una causa reglamentada, y no produce espanto. Lo intolerable es la expectativa que obliga a una reflexión. O la reflexión que nos asalta a pesar de los esfuerzos que hacemos para evitarla. Cuando el horror se lleva en privado (una enfermedad, un accidente) no hay escándalo, todo queda en casa, el Estado no interviene más que para recoger lo sobrante, es decir, el cadáver. Otra cosa es cuando la muerte aparece como espectáculo.

En un extraordinario ensayo titulado 'El arte, el terror y la muerte', el filósofo Arturo Leyte argumenta que la administración política se las entiende mucho mejor con el terror que con el pensamiento. Al fin y al cabo las víctimas del terror, como las de un huracán o un incendio, son contabilizables, forman la materia de una estadística, se pueden integrar en el sistema de la muerte televisiva o del programa de partido sin peligro. Lo en verdad insoportable es la reflexión que provoca la insignificancia de una muerte imposible de contabilizar, sea porque hay que esperarla, sea porque nos asalta sin haber sido programada, desde las pantallas de la paz y la felicidad, interrumpiendo el continuo de la publicidad.

La del joven Antonio Puerta rompió la infinita serie de partidos sedantes, la repetición serial y tranquilizadora de goles, derrotas, victorias, ligas, copas, contratos, lesiones, árbitros, directivos, equipos, y vuelta a empezar, día tras día, mes tras mes, año tras año, el ciclo repetitivo como garantía de una eternidad feliz. La misma felicidad que esa repetición de las elecciones, los ganadores, la oposición, ahora me toca a mí, han ganado los míos, nuevas elecciones, nuevos ganadores, garantía de una vida tranquila y sin fin encadenada por la lógica de la publicidad.

Sin embargo a veces lo real, como una peste hedionda, se cuela en la aséptica programación y hiere por sorpresa el corazón de millones de personas que, como suele decirse, sólo trataban de pasar un rato distraídos. Lo real no es otra cosa que la muerte, esa rareza. Y la muerte no es sino una interrupción. El momento en que algo que se daba por seguro se interrumpe. Habla Leyte del momento de inquietante suspensión que sufren los espectadores cuando se estropea el proyector y la película queda momentáneamente rota en un fotograma que muestra la entraña oculta del film, su discontinuidad, el simulacro de actividad formado por miles de escenas estáticas. Ver la interrupción, lo que hay en medio del continuo espectáculo de paz y felicidad publicitaria, unido sin diferencia al dolor y el terror espectaculares, esa nada, ese vacío, ese fotograma ciego, es lo que solemos llamar "conocer la verdad". Y está oculta porque es lo que más tememos. Cuando de repente nos asalta por sorpresa, todo se difumina en la niebla del sinsentido, nada tiene ya importancia. Ni siquiera la liga.