23 noviembre 2007

Conversar, conversar

Una mente y un aparato fonador forman una combinación potente. Un mismo individuo es capaz de hacer dos cosas: pensar y hablar. Un chimpancé piensa más que habla y un loro habla más que piensa. Hubieron de pasar millones de años de chapuzas a golpe de selección natural, pero al final llegó el día en el que la conversación se hizo posible. Hablar, escuchar, pensar, hablar de nuevo. La conversación fue y la conversación fue buena. Un mundo de mentes solitarias, asombradas todas ellas por su propia existencia, se pusieron a conversar y a combatir así su miedo a no conocer. El habla afinó la mente y la mente sofisticó el habla. Comenzaba así la era del conocimiento abstracto, la era de la mente parlante.

La conversación tiene un curioso caso particular y una notable variante. El primero se da cuando las dos mentes conversadoras resulta que son la misma mente, cuando una mente conversa con ella misma: es la reflexión. Hablarse, escucharse, pensar, hablarse de nuevo. El segundo sentido -figurado- se da cuando una de las dos mentes resulta que no es una mente sino la propia naturaleza. Es cuando una mente pregunta a la naturaleza y ésta se digna a responder a la provocación. Perturbar, observar, pensar, perturbar otra vez. La mente conversa con una realidad: es la experimentación. Pensar y experimentar, dos formas de conversar. La ciencia es conversación. Las virtudes y los vicios de un científico se parecen mucho a las virtudes y los vicios de un conversador.

Virtudes: imaginación con la metáfora, olfato para lo contradictorio y lo incompleto, afición por las convergencias ocultas, más interés por las preguntas y las negaciones que por las respuestas y las afirmaciones, alegría por el cambio (incluso si afecta a la propia opinión), pánico al aburrimiento, afición por la discrepancia y … disposición a reírse de uno mismo. El científico y el conversador virtuosos creen en la conversación y, para ellos, el interlocutor es un lujo.

Vicios: navegación a la deriva (abrir más paréntesis de los que se cierran), apego a la verdad vigente (conversar para conservar), propensión a usar el turno de palabra ajeno para escarbar entre las recetas blindadas, es el horror al silencio, es el “síndrome bicicleta” (si dejo de pedalear me caigo), o sea, no hay tiempo para ponerse a pensar (… siempre se puede recurrir a un vicio menor para, como mínimo, arañar algunos segundos para la reflexión: los físicos, por ejemplo, levantan las cejas y, con un leve golpe de hombro, dicen: ¿Y …?; los biólogos también arquean las cejas, pero con sorpresa, y dicen: ¿Ah si? …; los arqueólogos y paleontólogos cabecean con preocupación y dicen: No creas, no creas …; los matemáticos fruncen el ceño y murmuran una de estas dos sentencias: Eso es trivial o Eso no tiene sentido; …) … El científico y el conversador viciosos no creen en la conversación y, para ellos, el interlocutor (sea éste una mente ajena o la propia naturaleza) es un fastidioso trámite a sortear.

Comprender y aprender quizá sean, en último término, actividades rigurosamente individuales. Pero siempre ocurren en el extremo de alguna forma de conversación. Un proyecto de investigación, una escuela, una exposición, un museo, una conferencia, un texto, una obra de arte o un pedazo cualquiera de conocimiento sólo son algo si proveen estímulos a favor de la conversación. Conversar es quizá el mejor entrenamiento que puede tener un ser humano para ser un ser humano… no recuerdo haber conversado mucho durante los veinte años que he pasado en las aulas.

Jorge Wagensberg

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