19 abril 2006

Joyce Vincent

Joyce Vincent estaba tumbada en el suelo, con la ropa puesta y la calefacción y la televisión encendidas. En Londres es normal no conocer al vecino ni estar al tanto de sus movimientos. Pero la desidia habitual en la gran urbe ha alcanzado cotas insospechadas. Una londinense yació muerta en su apartamento durante más de dos años sin que nadie la echara en falta. El cadáver sólo fue descubierto cuando el propietario del piso forzó la cerradura en vista de los retrasos en el pago del alquiler de la vivienda. En el interior se descubrieron los restos de Joyce Vincent, de 40 años, junto a una bolsa de la compra y regalos navideños. La televisión estaba encendida, los platos sin fregar en la cocina y una pila de correo se acumulaba frente a la puerta. Los matasellos de algunas cartas databan de noviembre de 2003. El cuerpo sin vida de Vincent fue descubierto el pasado enero, pero el caso saltó a la luz pública hace cinco días, cuando se celebró el juicio forense.
"Hoy en día esto no debería suceder. En Londres hay muchas personas que viven solas y que hacen su propia vida. Nos recuerda a todos que deberíamos prestar más atención a nuestros vecinos", señaló Lynne Featherstone, diputada del distrito donde residía la difunta, en el barrio de Hornsey, al norte de Londres. El obispo anglicano de la zona, Peter Broadbent, lamentó la ruptura de los lazos comunitarios y defendió la construcción de una sociedad comprometida con el prójimo. "Deberíamos conocer al vecino tan bien como a la persona con la que trabajamos o con la que socializamos", dijo el obispo.
Los vecinos fallaron a Joyce Vincent. También sus hermanas. Y una asociación de mujeres a la que acudió buscando refugio como víctima de violencia doméstica. Le procuraron un pequeño apartamento de protección oficial, dentro de un gran bloque de unas 200 residencias, regentado por una cooperativa de viviendas, la Metropolitan Housing Trust. Pero ni unos ni otros se interesaron por comprobar qué tal se acomodaba a su nueva situación, cómo prosperaba con sus problemas.
En la vista forense, la policía desveló que el cadáver estaba en un avanzado estado de descomposición y que la identificación se había efectuado comparando sus dientes con pruebas dentales y con una fotografía familiar. La fallecida estaba tumbada en el suelo, con la ropa puesta, la televisión y la calefacción encendidas. Las medicinas y los alimentos que encontraron en el piso indicaban plazos de caducidad en torno a noviembre de 2003.
Vincent probablemente acababa de hacer la compra, pero las bolsas de plástico provenían de una cadena de supermercados que ya no existe. El patólogo no pudo determinar las causas de la muerte debido a que los restos encontrados eran prácticamente un esqueleto. Y la policía descartó circunstancias sospechosas en el fallecimiento. El juez forense Andrew Walker decretó un veredicto abierto, es decir, sin justificación certera sobre la razón de la muerte de Vincent. Sus vecinos creyeron que el apartamento estaba desocupado. Michael Dobbs explicó al diario The Guardian que había llamado a la puerta en varias ocasiones, sin obtener respuesta alguna. A este inquilino no le extrañó el mal olor, ni el ruido constante de la televisión porque, según dijo, el inmueble no brilla por su limpieza ni por el silencio. "Es asombroso pensar que tenía familia, pero nadie vino", comentó al rotativo.
El Ayuntamiento pagaba parte del alquiler del apartamento. El resto correspondía a la inquilina y, obviamente, los retrasos iban acumulándose. Fue entonces, años después, cuando la Metropolitan Housing Trust quiso desahuciar a la morosa y, tras forzar la cerradura, se encontraron con un espectáculo patético.

2 comentarios:

Antonio M. Figueras dijo...

Así es la vida, como dijo mi compañero Álvaro: soledad.com

Lydia dijo...

Por muy patético que les pareciera el espectáculo a quienes la encontraron, más lamentable y vergonzoso es el comportamiento social, en general, ante los desatendidos particulares. Y eso que es el prime rmundo. Quizás en etiopía se mueran porque no tienen qué llevarse a la boca, pero cabría preguntarse si ese tipo de estructuras sociales que vemos tan alejadas de nuestra divina civilización primermundista, son capaces de mostrar actitudes tan desarraigadas y repugnantes como hacemos en los paises ricos. Yo apuesto a que no.