25 marzo 2006

The Boy Racer

Douglas estaba sentado encima de una caja de cervezas mientras se ajustaba la bota. Era el campeón, nadie podía ganarle. El cielo estaba ligeramente nublado y la luz rebotada en esas nubes dibujaba una luz estupenda a esas horas de la mañana. Se sentía un mentiroso. Lo tenía todo. Podía conseguir a cualquier chica. Entonces, por qué tuvo que engañar a Patricia. Ella no era más que una camarera que quería ser actriz. No debió aparecer nunca por aquella fiesta en casa de Thomas. A él no le costó mucho hacerla sentir interesante, se le daba bien. Nunca tenía tiempo para pensar en nada de lo que le rodeaba. Sólo en su moto, en sus carreras. Cómo debía prepararse para seguir siendo el número uno. No debió engañar a Patricia. No se lo merecía. Ella le preguntó si estaba enamorado de ella. El contestó sí, por supuesto. Ella le preguntó si vivirían juntos en un bungalow junto a la playa de Santa Cruz. El contestó sí, por supuesto. Ella le preguntó si llamarían a su primer hijo Sebastian, como su abuelo. El contestó sí, por supuesto. Ella le preguntó si se casarían en la vieja iglesia del barrio de Saint Mary Church, donde creció pensando que algún día encontraría a un hombre como Douglas, capaz de arrancarla de esa vida gris y monótona y le hiciera ser importante, especial, protagonista en su película, y olvidarse de la realidad y del paso del tiempo, las arrugas, las estrías, la cotidianeidad, los días de lluvia y las noches frías y solitarias sin nadie a quien abrazar, ni nadie que te de un abrazo y te pueda decir cosas que te hagan querer vivir mil años volando en esa nube.
El siempre decía sí, por supuesto, y se miraba en un espejo para ver si le quedaba bien la raya en el pelo, las patillas correctamente igualadas, los zapatos limpios, el coche deportivo recién adquirido por gentileza de Westcombe motors reluciente sin manchas de grasa y la motocicleta perfecta para ganar, como siempre. Sí, por supuesto. Era fácil decir esas tres palabras, tan fácil como pensar que esa misma tarde volvería a ganar, a pesar de que pudiera llover y se embarrara la pista. Así es como más le gustaba ganar a él, peleando duro. Sí, por supuesto. Y Patricia le estuvo llamando toda la noche desde un motel y Douglas había pedido a la gente de recepción en su hotel de concentración cinco estrellas superlujo que no le molestara nadie esa noche, que el campeón debía descansar bien antes de cada carrera. Y Patricia gritaba inútilmente al teléfono que quería hablar con su él, pero eran ordenes estrictas del campeón, le decían, y si seguía molestando al Sr. Douglas llamarían a la policía.
Así que Patricia estuvo llorando y bebiendo un par de horas whisky y Martini del minibar de su habitación, y luego salió a la calle y entró en el primer bar que encontró abierto en aquella ciudad, y se le acercaron varios tipos a invitarla a un trago, y entre todos la hicieron beber durante horas, y alguien encendió una radio y sonaba be bop y todos se pusieron a bailar. Las pocas mujeres que había en ese bar se marcharon amargadas y sólo quedaron varios hombres que se peleaban por ver quien se follaría antes a Patricia, y ella estaba dando vueltas sobre sí misma, riéndose y soltando grandes carcajadas, gritando Douglas, estás mirando? y dos tipos se rompían la crisma mientras otros se llevaron a Patricia a un callejón junto al bar y ella seguía gritando Douglas. ¿Estás mirando?. ¿Estás mirando?. Y un coche de policía se paró alertado por los gritos de una mujer en ese callejón oscuro, y los borrachos se marcharon corriendo, dejando intacto el cuerpo de Patricia en el suelo, con el vestido sucio y apestando a alcohol. Patricia pasó la noche en un calabozo, vomitando y tiritando, ante la mirada pasiva de un oficial que le tocaba hacer la guardia aquella noche y tenía ardor de estómago.
Y Douglas miraba su moto con atención, cuidando los últimos detalles del motor, revisando las ruedas, comprobando que los frenos funcionaban bien y la palanca de cambio no daba problemas. Empezó a llover. Un coche de policía hizo presencia cerca de los boxes. Salieron de ese coche dos hombres serios y bien vestidos, aunque algo cansados, y después salió Patricia, con su pelo rubio revuelto, la cara sucia y con una gabardina cubriendo su traje de 800 pavos que le regaló Douglas en su último cumpleaños. Esta mujer dice que es su esposa, ¿Puede hacerse cargo de ella?, le preguntó uno de los tipos a Douglas, y este respondió que no conocía a esa mujer. Que le dejaran en paz porque tenía que concentrarse para preparar la carrera, que en cinco minutos iba a empezar. Uno de los policías le reconoció y, estrechándole la mano, le deseó suerte. Douglas se lo agradeció y Patricia se quedó de pie mirándole sin soltar una sola palabra de su boca.
Entonces fue gritando hacia Douglas, que ya había subido a su moto y se disponía a situarse en la pole de carrera. Esquivando otras motos, Patricia se puso delante de Douglas, que ya se había colocado el casco y las gafas. Douglas le dijo que se apartara, que no tenían nada de qué hablar. Que él ya le había dicho todo lo que tenía que decir en su momento y que dejara de perseguirle. Que se buscara a otro hombre que estuviese dispuesto a aguantarla y que le dejara en paz. El tenía una carrera que no podía interrumpirse y nadie podría interferir en su camino. Era joven y ambicioso. El no podría darle lo que ella quería. Necesitaba libertad y no podría vivir con ella, rodeado de críos, encerrado en una casa, yendo los domingos a misa y todas esas cosas que hacían las parejas convencionales cuando se unen, se casan y forman una familia.
La lluvia iba siendo cada vez más fuerte. Ella le llamó mentiroso. Alguien la gritó que se marchara y ella se peleó con varios hombres de seguridad, y luego vinieron también los otros policías y entre todos se la llevaron fuera de la pista, manchados por el barro. Empezó la carrera y los motores rugieron como bestias y salpicaron de barro con sus ruedas el aire y la lluvia que iba aumentando y ya en la primera curva dos corredores se salieron de la pista colisionando entre ellos. Los espectadores vibraban y gritaban excitados, aún con sus trajes empapados y derramando sus vasos de cerveza por el suelo cubierto de colillas y pedazos de papeles rotos de anteriores apuestas…

No se me ocurre cómo terminar esta historia. Quien quiera hacerlo, puede dejar su final en los comentarios

Mr. R. (we're gonna kill this pretty thing)

2 comentarios:

lydia dijo...

De esto nadie va a tener las riendas nunca-fue su último pensamiento. Dió un volantazo y salió fuera d ela pista dando más de 5 vueltas. Todo ardió. Alguna gente de las gradas se quedó quieta sin poder articular ningún grito. Otros bajaron a velocidad de espanto. Había un rostro de entre todos que mirada inerte la escena, las llamas y el olor que empezaba a desprenderse a gasolina quemada y algo más. Y pensó: Muerte, sálvame.

ATALANTA dijo...

Habían pasado 5 meses desde esa última carrera. Ganó, y una pequeña copa trofeo brillaba junto a otros tantos méritos en la vitrina de su carabana. Aún quedaban 4 meses más para la próxima carrera.
Sacó una cerveza del minifrigorífico y salió a tomar el aire de Arizona.
Habia viajado mucho en esos meses, y se puso a pensar en cuál sería su próxima estación. Entonces se sintio cansado. No resultaba tan fácil viajar siempre solo. Llegar a donde nadie te espera nunca. Compartir los días y las imágenes y los sueños, solo con la mente de uno. No, estaba resultando fácil. Le resultaba más sencillo degustar la adrenalina de las carreras, sentir el viento, la velocidad, la libertad...
Y después?. Después quedaba eso, una vitrina llena de polvo. Una conversación siempre en monólogo. Y sí, ya era libre, pero tampoco era mejor que la otra vida. Por que al fin y al cabo, la levedad del ser, puede ir en el asiento trasero de la moto.