14 enero 2006

Olvidemos el título por una vez

Dallas Winston odiaba el mundo pero salvó a unos niños de un incendio. Un condenado a muerte tomando su útlima cena en una fría celda de la cárcel más silenciosa del mundo, donde cada pisada reverbera como una pesadilla imposible de evitar. Los niños de una guardería jugando y realizando una pequeña función en Navidad, lo miran todo con ojos amplificados, con pureza en la mente y ganas de correr y aprender. La gente que muere atrapada entre los hierros de un coche gritando el nombre de la persona que más quieren esperando que les salve. Un cuento para cuando la fiebre te suba y necesites dormir al lado de tu madre y no vayas al colegio ese día. La programación insufrible de televisión por la mañana. Un regalo inesperado. Mastúrbate conmigo. El miedo a crecer y a perder las ilusiones que llevabas en la mochila. Las loterías que nunca tocan. El último penalty parado. Perderse en la calle rodeado de gente más alta que tu. Encontrar el disco que deseabas encontrar. Un niño golpeado delante de sus amigos. El cielo azul visto desde el tejado de mi casa. El olor de las palomitas de maíz recién hechas. Que mala era la iluminación de los programas de televisión española en los ochenta. Un perro abandonado en la gasolinera. El viento al sacar la cabeza en la ventanilla de un tren. La noche en el bosque. Una calle sin coches. Quién ha empapelado el cielo de la boca. Dónde te escondiste. Por qué entras y desapareces. La enésima prueba de superación. El color de las nubes en un día de tormenta de Verano. Otra película de lágrima fácil. Risas enlatadas en la mente de un manicomio. La libertad de un pájaro. La nieve, el sol brillante. Permutaciones. Subjuntivas y Coordinadas. Mása ósea. Tempus fugit. Carpe Diem. Nihil Sunt. Dallas Winston nunca perdonaría a Rusty James por haber robado mi moto mientras dormía.

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